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EL MECENAZGO PARTE 1

EL MECENAZGO PARTE 1

 

Maecenas atauis edite regibus

O et praesidium et dulce decus meum!

«Mecenas descendiente de los antiguos reyes etruscos, oh mi fuerte

defensa, mi dulce honor»

Oda de Horacio a Mecenas, filósofo y poeta lirico de la antigua Grecia.

 

Aproximaciones al  mecenazgo en la historia del arte.

Observar y apreciar ciertas obras de arte en la actualidad, desde la arquitectura a la plástica de la pintura, escultura y grabado, hasta las obras sonoras diversos periodos, nos es posible gracias a un ente que ha existido durante una buen parte de la historia de la humanidad “el mecenas”. La Sagrada Familia en Barcelona, La Capilla Sixtina, la Última Cena de Loeonardo, la dramaturgia teatral del periodo barroco, Las cuatro Estaciones de Vivaldi, El Pabellón Phillips en Bruselas, el mismo Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México; La Puerta de la Creación, de Tadao Ando en Monterrey; los vastos repertorios de Mozart y Beethoven, los famosos ballets de Chaikovski… la lista sería casi interminable.

 

Através de la historia, entre los mecenas del arte se cuentan: reyes, príncipes y nobles, altos jerarcas del clero, el mismo Estado y, por fortuna, muchos particulares. El origen de la palabra remite al nombre de un caballero romano, Cayo Cilnio Mecenas, que provenía del linaje de los reyes etruscos de la vieja Arretium, y  quien toma a su arropo a un grupo de filósofos y poetas contemporáneos: Virgilio, Horacio, Propercio, Lucio Vario Rufo y Plocio Tucca, entre muchos más; Mecenas era un noble que gustaba de hacer poesía, escribía según la historia sátiras menipeas que mezclaban verso y prosa, también se daba a la tarea de fungir como un managerantiguo de los poetas y filósofos que iba descubriendo, creando así el primer síntoma del mecenazgo, osea, el patronazgo de las artes y la cultura.

En la antigüedad el concepto mecenazgo no se usaba como lo entendemos ahora, los artistas (entre los que se contaban filósofos, pintores y escultores, arquitectos y literatos) no eran del todo libres, no eran dueños de su tiempo, trabajo o de sus ideas en su totalidad; en muchas ocasiones, si no es que en la mayoría, dependían de las órdenes que recibían.  Hace cinco mil años, en un tiempo en el que Grecia y Roma eran apenas un sueño, el faraón egipcio Djoser (o Zoser), quien gobernó en las cercanías del año 2665 a. C., tuvo a su servicio a un gran arquitecto-artista, el gran Imhotep, artífice del complejo funerario de “la pirámide escalonada” de Saqqara y además ostentaba un cargo parecido a un ministro, osea un servidor, más no era reconocido como artista. Participar del organigrama de los servidores públicos del faraón obviamente le otorgaba grandes privilegios, pero existieron otros artistas que no corrían con la misma suerte; es el caso por ejemplo del genio florentino Leonardo Da Vinci, quien aún estando al servicio del duque Ludovico “El Moro”, sufría terribles carencias económicas; y no se diga cuando llegó al servicio del célebre chacal Cesare Borgia, al cual tenía que diseñarle verdaderas máquinas destructoras de la vida humana sin chistar, y dado el retraso con el que recibía los ducados por sus servicios, cuando éstos llegaban, ya los debía.

En el caso de otro superstardel Renacimiento florentino, Miguel Ángel Buonarroti, quien dependía de los Papas, de los altos jerarcas del Vaticano que se veían constantemente involucrados en aventuras bélicas que afectaban la continuidad de los proyectos; los recursos destinados a las obras artísticas casi siempre eran re-direccionados a solventar los gastos de la guerra y a los ejércitos pontificios. Con ello, se cerraban las puertas del único apoyo económico que recibía Miguel Ángel, quien se veía siempre en la antesala de la incertidumbre, además de que los Papas en muchas ocasiones se conducían con actitudes volubles e incluso violentas hacia el creador de “La Piedad”, obligándolo a permanecer incondicionalmente disponible y a trabajar al contentillo y a la velocidad que le imponían; como fue claro en la dinámica que implementó el Papa Sixto IV en la restauración de “La Capilla Sixtina” (originalmente Cappella Magna y rebautizada en honor al mismo Papa posteriormente), resultando este gran acontecimiento artístico en un suplicio para el insigne Michelangelo.

Cómo pasar por alto al también célebre Rafael Sanzio, pintor y arquitecto protegido (es un decir) del Papa “guerrero” Julio II, conocido con este sobrenombre dada la intensa actividad política y militar de su pontificado; cosa que no limitó la creación del corredor cultural entre Florencia y Roma pero, por desgracia, este Papa gustaba más del sonido de los cañones y continuamente metía en problemas financieros al Vaticano y obviamente a los artistas italianos que llegaban de todas las latitudes de esa nación a ponerse al servicio del clero renacentista.

Esta forma de convivencia entre los mecenas y los artistas no cambia mucho en el periodo Barroco, como ejemplo los casos del músico italiano, naturalizado francés, Jean-Baptiste Lully o el dramaturgo francés Jean-Baptiste Poquelin “Molière”, quienes servían en la corte del “Rey Sol” Luis XIV, en la que existía un ambiente más profesionalen los apoyos a la obra artística, los dineros estaban en tiempo y forma y, cabe destacar, que el monarca también era artista, sin duda un destacado bailarín de sus tiempos (osea que en lo que otros nobles se limitaban a degustar, observar y presumir las obras de sus entenados artísticos, el Rey Sol participaba de las puestas en escena y de las veladas donde él mismo hacía gala de sus dotes técnicos), por lo tanto era de vital importancia el sano desarrollo de las artes dentro de Versalles. Sin embargo, estos dos genios no pasaron de la categoría de servidumbre (con algunos privilegios principalmente Lully, aunque no gran cosa), él y Molière, como en otras cortes europeas, siempre estuvieron por debajo del enano (sin afán de menosprecio a la integridad física y moral de ningún ser humano) de la corte, que recibía un sueldo y un trato diferenciado, ya que en muchas ocasiones de éste dependía el estado de ánimo del rey. O como en el caso de los reyes católicos de España, donde participaban directamente de la educación de las infantas, como ha quedado documentado en el cuadro del gran pintor Diego Velázquez (entonces al servicio y bajo el “mecenazgo” de estos monarcas), “Las Meninas” en el que se observa un grupo de enanas que son la compañía constante de la infanta Margarita de Austria.

Los Médici y su sistema propagandístico

En el caso de la poderosa familia de los Médici, también conocidos como los padrinos del Renacimiento, se observan los primeros síntomas de que el mecenazgo en el arte fue utilizado como un sistema de publicidad sistemática; su régimen estaba ávido de legitimación y descubren la nobleza del arte como una fuerte forma de cohesión tanto al interior de los gremios, que podrían ser oponentes férreos, como de la misma sociedad europea.

Incontables artistas estuvieron bajo su arropo, pero (por placer personal) destaco el caso del famoso Rubens, pintor proveniente de la escuela flamenca, y a quien María de Médici, la reina madre de Francia, le comisionó dos grandes lienzos relacionados con las actividades diplomáticas de la Casa: “El desembarco de María de Médici en Marsella” y “La coronación en Saint Denis”. El primero se compone de un trazo lineal, donde podemos encontrar varios acontecimientos, así como grandes destellos técnicos futuristas; en la escena de las ninfas acuáticas podemos observar cómo las gotas de agua que caen sobre los glúteos y los muslos de las voluptuosas anatomías, fueron creadas con una sola pincelada, lo que técnicamente encaja en la categoría de las (muy posteriores) obras impresionistas.

En comparación con nuestros artistas antes mencionados, Rubens alcanza grandes favores por parte de los monarcas a los que servía; Isabel Clara Eugenia, gobernadora de los Países Bajos, le otorgó patente de nobleza y le nombra Gentilhombre de Cámara. Carlos I de Inglaterra, en el año 1630, le otorgó también título de nobleza y por los mismos tiempos recibe de la Universidad de Cambridge el título honorifico de Maestro en las Artes. Más allá de algunos beneficios, lo que contundentemente se multiplicaba eran el trabajo y las ambigüedades en las que aún se encontraba el concepto de mecenazgo. Rubens se encontró en varios dilemas al aceptar estas distinciones; por ejemplo, algunos cortesanos veían mal que continuara realizando trabajos manuales, cosa que lo perturbaba en demasía ya que se los había ganado precisamente con el trabajo de sus manos, con su pincel. Sin embargo no todo era tortuoso, una gran ventaja fue el poder obtener una casa de la misma realeza, donde vivió con sus familia y trabajó cómodamente (la misma casa donde María de Médici decide terminar sus días de existencia en la región de Colonia).

Existe un caso muy interesante en el asunto en la interacción del mecenas con el beneficiario-artista; y es que sépase usted, estimado lector, que el pintor renacentista Anton van Dyck (a la sazón, alumno y asistente de Rubens), pintó un lienzo donde aparece él mismo posando con su benefactor, el ilustre diplomático inglés Endymion Porter, dando paso a una nueva forma de convivencia entre estas dos partes.

Parte 1 de 2

Juan Pablo De La Rosa

Flautista, compositor e investigador.

www.myspace.com/juanpablodelarosa