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ALTAR DE MUERTOS

ALTAR DE MUERTOS

Nos asomamos cautelosamente, asegurándonos de que todos se hayan ido a dormir y salimos atravesando el papel de nuestros rostros en blanco y negro  ignorando el vidrio y el marco que los sostienen. Nos sentimos emocionados de volver aunque sea por unos instantes, subimos hacia el techo del recinto y logramos una vista espectacular de la decoración transformada, un bello altar en la esquina de la sala y un florero de barro adornado con vistosas y singulares flores de cempasúchil sobre la mesa del comedor.

Algunas veces en vida, tal vez ayudamos a decorar altares para los primeros días de noviembre, pero nunca habíamos tenido esa extraña sensación de saber que ahora somos los homenajeados. Nos acercamos para apreciar cada detalle: como estructura, un tablón escalonado, que va marcando los niveles que uno tiene que subir para llegar hasta el Cielo, cubierto con un blanco mantel símbolo de pureza y en el suelo, la sabiduría para no perder el rumbo, representada en un camino de sal bordeado con flores de cempasúchil que son el  sol que nos guiará junto con el perrito xocoltzcuintle, en la ruta de regreso.

Leemos los nombres de nuestros seres más amados, escritos en el cráneo de curiosas calaveritas azucaradas, entendemos que fueron ellos los que hicieron esta ofrenda, nos recuerdan y nos traen a su vida para celebrar con nosotros, seguros de que de un momento a otro llegaremos aunque no puedan vernos ni abrazarnos.

Se les ocurrió la buena idea de dejarnos a la mano un vaso con agua que compartimos dando pequeños sorbos para hacerla rendir, el camino hasta aquí ha sido largo y difícil y ese líquido fuente de vida nos ha refrescado deliciosamente. Acomodadas de acuerdo a los puntos cardinales encontramos cuatro velas encendidas y el incienso que alejará de nuestro lado aquellos malos espíritus que se hayan querido colar en la casa al ver la facilidad del acceso.

Fácilmente nos damos cuenta a quién de nosotros le han dedicado cada platillo de los que encontramos distribuidos alrededor de nuestros retratos, todavía podemos recordar las delicias que saboreábamos en vida como el mole almendrado, los tamales, las tortillas de maíz recién hechas, las gorditas de horno, el tequila, el mezcal y la cerveza, el atole champurrado, el agua de horchata… y aunque ya no nos hacen falta no resistimos la tentación de dar una probadita y nos reímos recordando anécdotas felices vividas en tiempos memorables. Por ahí también había cigarros y pipas que nos hubiéramos fumado con gusto de no ser por los dulces cristalizados, camote, calabaza y guayaba en piloncillo, delicioso y azucarado pan de muerto, charamuscas y otra cantidad de antojos tan apetitosos que pesaron más en la balanza de las decisiones.

Las naranjas adornaban el altar encajadas con banderillas formadas con delgados palitos de madera y papel picado, percibimos en ese dulce colorido, el júbilo que  sintieron nuestros familiares reunidos, mientras ideaban la mejor manera de decorar y la correcta ubicación del altar en una esquina luminosa de la casa, seguros de que en nuestra visita traeríamos bendiciones al por mayor al tiempo que disfrutaríamos cada detalle elaborado y dispuesto por ellos con amor y cuidado pensando en nosotros.

 

Por: Verónica Delgado Oviedo

acinorev8@hotmail.com